English Translation
Cooking, affection and pedagogy: a proposal from Costa Rica to think about what it means to 'curate' art and what surrounds it
Discover how 'Curanderxs' seeks to rethink curating in Costa Rica through hospitality, pedagogy, and dialogue in Central American art
Eugenia S. Rudin
October 20, 2026, 3:33 pm
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Curanderxs showed us that curating isn't a title in capital letters, but a continuous exercise in listening, hospitality, archiving, and shared cooking. Beyond the obvious, it was a space for encounter and welcome, a place for necessary dialogues in the Central American context.
Organized by satisFACTORY Casa and the Spanish Cultural Center, with the support of Hannah Sloan Curatorial & Advisory, this program stripped curating of its hierarchical aura to reveal a relational, pedagogical, and affective practice.
You might wonder, as I did, what reasons would someone trained in art, education, and cultural mediation have for venturing into this field? I confess I hesitated, as I was put off by the usual perception of the curator, who tends to appear as a distant entity within the art circuit, burdened with hierarchy and power.
Healers: Resonances of a Shared Territory (Ericka Martin/Courtesy satisFACTORY)
However, Curanderxs showed that, although that image still exists, the ecosystem is shifting towards more relational and situated models, capable of opening global dialogues without losing local roots. That possibility proved profoundly hopeful.
It all began with the Caribbean voice, brimming with poetic sensibility, of Luis Graham Castillo from the Dominican Republic, who filled us with Caribbean thought and historical memory. He led us into the unknown realm of spirituality and encouraged us to find our own curatorial voice. His metaphor of the corner store—as a space for informal encounters, music, and trust—allowed me to think of curating as a genuine place where complicity is forged, an economy of affection that sustains cultural projects beyond formal constraints.
The next workshop led us into the visitor economy with Marina Reyes Franco, a Puerto Rican curator. With her, we explored spaces not designed for art and questioned how we relate to the context, based on her research related to the impact of tourism, gentrification, and the transformation of the territory.
Then we explored what I call relational magic with Juan Canela, chief curator of the MAC Panama, who shared a curatorial project on the magic and co-creation of collaborative projects. These experiences weave living, constantly reconfiguring infrastructures, like a tarot deck that establishes relationships between participants, curators, the public, and the context. I learned that curating can also be about hospitality and pause, a space to slow down and resist collective burnout .
Finally, the use of cooking as a metaphor, guided by Mexican curator Sofía Olascoaga, led us to engage our bodies in curating through culinary practice: raw materials, coordination, preparation, willingness to share, and documentation. Cooking became a pedagogy of care and sovereignty. Curating is also cooking, digesting, embodying the research, and offering resistance against cultural commodification. That image will always stay with me: curating as a shared banquet, where every ingredient is essential.
Participating in all the meetings allowed me to benefit from multiple perspectives. That intense month forever changed my perception of what it means to be a curator and how to carry out projects within the demands of the Costa Rican context.
The program transcended its initial learning purpose, becoming a space for cultural connection—a space previously nonexistent in Costa Rica—that also integrated Central American voices. I consider these spaces vital, as our country lacks a clear professional framework for curators and conservators. It is equally urgent to understand curating as a practice situated in Latin America, capable of constructing memory and responding to the demands of its context.
Original Writing
Cocina, afecto y pedagogía: una propuesta desde Costa Rica para pensar qué significa ‘curar’ arte y lo que lo rodea
Descubra cómo ‘Curanderxs’ busca repeensar la curaduría en Costa Rica mediante la hospitalidad, la pedagogía y el diálogo en el arte centroamericano
Curanderxs: resonancias de un territorio compartido (Ericka Martin)
Eugenia S. Rudin
October 20, 2026, 3:33 pm
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Curanderxs nos mostró que la curaduría no es un título en mayúsculas, sino un ejercicio continuo de escucha, hospitalidad, archivo y cocina compartida. Más allá de lo evidente, fue un espacio de encuentro y acogida, un lugar para diálogos necesarios en el contexto centroamericano.
Organizado por satisFACTORY Casa y el Centro Cultural de España, con el apoyo de Hannah Sloan Curatorial & Advisory, este programa despojó a la curaduría de su aura jerárquica para revelar una práctica relacional, pedagógica y afectiva.
Se preguntarán, como me lo pregunté yo, ¿qué motivos tenía alguien formada en arte, educación y mediación cultural para adentrarse en este campo? Confieso que dudé, ya que me alejaba la percepción habitual sobre la figura del curador/a, quien suele aparecer como un ente distante dentro del circuito artístico, cargado de jerarquía y poder.
Curanderxs: resonancias de un territorio compartido (Ericka Martin/Cortesía satisFACTORY)
Sin embargo, Curanderxs mostró que, aunque esa imagen aún existe, el ecosistema se desplaza hacia modelos más relacionales y situados, capaces de abrir diálogos globales sin perder el arraigo local. Esa posibilidad resultó profundamente esperanzadora.
Todo comenzó con la voz caribeña, cargada de sensibilidad poética, de Luis Graham Castillo, de República Dominicana, quien nos colmó de pensamiento caribeño y memoria histórica. Nos llevó hacia lo desconocido de la espiritualidad e incitó a encontrar nuestra propia voz curatorial. Su metáfora del colmado —como espacio de encuentro informal, música y confianza— me permitió pensar la curaduría como un lugar genuino donde se tejen complicidades, una economía del afecto que sostiene proyectos culturales más allá de los presupuestos formales.
El siguiente taller nos condujo hacia la economía del visitante con Marina Reyes Franco, curadora puertorriqueña. Con ella exploramos espacios no pensados para el arte y cuestionamos la manera en que nos relacionamos con el contexto, a partir de su investigación vinculada al impacto del turismo, la gentrificación y la transformación del territorio.
Luego abordamos lo que llamo la magia relacional con Juan Canela, curador jefe del MAC Panamá, quien compartió un proyecto curatorial sobre la magia y la cocreación de proyectos colaborativos. Estas experiencias tejen infraestructuras vivas y en constante reconfiguración, como un mazo de tarot que establece relaciones entre participantes, curadorxs, público y contexto. Aprendí que la curaduría también puede ser hospitalidad y pausa, un espacio para desacelerar y resistir al burnout colectivo.
Por último, la cocina como metáfora, de la mano de la mexicana Sofía Olascoaga, nos llevó a poner el cuerpo en la curaduría mediante la práctica culinaria: materia prima, coordinación, preparación, disposición para compartir y registro. La cocina se volvió pedagogía del cuidado y de la soberanía. Curar es también cocinar, digerir, acuerpar lo investigado y devolver resistencia frente a la mercantilización cultural. Esa imagen me acompañará siempre: la curaduría como un banquete compartido, donde cada ingrediente es indispensable.
Participar en todos los encuentros me permitió nutrirme de múltiples perspectivas. Ese mes intenso cambió para siempre mi percepción sobre lo que significa ser curador/a y cómo realizar proyectos desde las exigencias del contexto costarricense.
El programa superó la propuesta de aprendizaje para convertirse en un espacio de conexión cultural, inexistente en Costa Rica, que además integró voces centroamericanas. Considero vitales estos espacios, pues en nuestro país no existe una profesionalización clara de vocaciones como curadores o conservadores. Es igualmente urgente entender la curaduría como una práctica situada en Latinoamérica, capaz de construir memoria y responder a las exigencias del contexto.